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La justicia atrapada en el desgaste institucional y miras al 2027

En Michoacán, hablar de justicia se ha convertido en una conversación marcada por el desencanto. La Fiscalía General del Estado llega a 2026 arrastrando no solo expedientes rezagados, sino también una profunda crisis de confianza pública que parece haberse normalizado entre los ciudadanos. El problema ya no es únicamente la inseguridad; es la percepción de que las instituciones encargadas de combatirla han dejado de ofrecer certezas.

La llegada de Carlos Torres Piña despertó expectativas de renovación. Su nombramiento fue leído por muchos como una oportunidad para desmontar inercias, depurar estructuras y reconstruir una Fiscalía golpeada por años de señalamientos. Sin embargo, el tiempo ha comenzado a jugar en contra. La narrativa del cambio administrativo no ha logrado traducirse en resultados visibles para miles de víctimas que siguen enfrentando procesos lentos, carpetas congeladas y una sensación permanente de abandono institucional.

La gravedad del asunto no radica únicamente en la percepción ciudadana, sino en el desgaste acumulado que vive la procuración de justicia en el estado. Cuando una institución pierde credibilidad, también pierde capacidad de disuasión. El mensaje que reciben las víctimas es devastador: denunciar podría no servir de nada. Y el mensaje para quienes delinquen resulta todavía más peligroso: la impunidad sigue siendo posible.

En municipios como Morelia, Uruapan, Zitácuaro y Zamora, las denuncias por homicidios, desapariciones y extorsiones continúan creciendo en medio de investigaciones que muchas veces parecen avanzar a contrarreloj o simplemente quedarse estancadas. El ciudadano común ya no evalúa discursos institucionales ni conferencias de prensa; evalúa resultados. Y ahí es donde la Fiscalía enfrenta su mayor déficit.

También resulta preocupante que los señalamientos sobre corrupción interna, presuntas fabricaciones de delitos o manipulación de evidencias sigan apareciendo de forma recurrente. Aunque algunas denuncias nacen desde el terreno político o desde redes sociales, el daño reputacional ya está hecho. Una institución encargada de impartir justicia no puede sobrevivir únicamente de comunicados; necesita legitimidad social.

El problema de fondo quizá sea más complejo que un cambio de titular. La Fiscalía parece enfrentar una cultura institucional enquistada durante años, donde sobreviven grupos de poder, viejas prácticas burocráticas y dinámicas internas difíciles de desmontar. Cambiar nombres no necesariamente significa transformar estructuras.

Y mientras tanto, Michoacán sigue viviendo uno de los momentos más delicados en materia de violencia. En ese contexto, la ciudadanía exige algo elemental: que la justicia funcione. No con fines políticos, no como herramienta mediática y no como espacio de acomodos internos, sino como una institución capaz de responderle a las víctimas.

Rumbo a 2027, el reto para Carlos Torres Piña será mucho más profundo que administrar la Fiscalía: tendrá que demostrar que todavía es posible recuperar la confianza pública. Porque cuando la sociedad deja de creer en sus instituciones de justicia, lo que comienza a fracturarse no es solo la credibilidad del gobierno, sino el propio tejido del estado de derecho.